Isadora reorganizaba la pared de su despacho.
No era una tarea impulsiva. Había retirado cada fotografía, cada documento enmarcado y cada recorte de periódico de la gran superficie de corcho. Todo estaba ahora esparcido sobre la gruesa alfombra gris.
Llevaba dos horas sentada en el suelo, con las piernas cruzadas.
El problema era geométrico y emocional. No había más espacio en la pared. Pero tampoco quería quitar absolutamente nada. Quitar una foto significaba borrar un ladrillo de la casa que