Era la cocina de siempre. La mesa de siempre. El martes de siempre.
Pero no lo era.
El sol de la mañana bañaba la isla de mármol. El olor a café tostado, recién hecho por Dante, se mezclaba con el aroma del pan caliente que humeaba en el centro de la mesa. Era una coreografía caótica, ruidosa y absurdamente normal.
Lucía masticaba sus cereales con un libro de historia antigua abierto junto al plato. Isadora ya le había dicho cuatro veces que lo cerrara para no mancharlo con leche. Lucía había o