El fax tenía cuatro páginas.
Letra pequeña, jerga legal, párrafos que solo existían para protegerse mutuamente de sí mismos. Isadora lo leyó tres veces sentada en su escritorio a las nueve de la mañana, con el café intacto y la luz entrando oblicua por la ventana. No porque el texto fuera difícil. Lo leyó tres veces porque necesitaba que fuera real de la misma manera que se toca una cicatriz para confirmar que el corte ya cerró.
Lo era.
El expresidente cedía en todos los términos. La demanda re