La psicóloga se llamaba Inés Flores.
Tenía cincuenta años, el pelo corto y completamente gris, y la clase de calma que no se aprende sino que se construye después de escuchar suficientes historias difíciles sin quebrarse. La oficina era calculadamente neutral: sillas acolchadas color crema, cuadros abstractos que no decían nada sobre nada, luz natural que entraba suave desde el lado izquierdo. Una planta de cactus en el alféizar de la ventana que era lo único vivo en toda la habitación y que, d