La notificación llegó a las 6:14 de la mañana.
Sofía la vio primero.
Estaban las tres en la misma habitación de hotel en La Haya, dormidas sobre camas distintas con la ropa del día anterior todavía puesta. Nadie había querido separarse después de la audiencia. No hubo que decirlo. Simplemente pasó: tres mujeres que habían llegado a La Haya como extrañas y se quedaron dormidas en el mismo cuarto como si siempre hubiera sido así.
El teléfono de Sofía sonó. Luego otro. Luego otro más.
—¿Qué pasa?