La noche cayó sobre la cabaña como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas.
Isadora había encendido la chimenea mientras Dante se duchaba, el primer baño real que tomaba en días según el estado del cuarto de aseo. Los platos sucios ahora descansaban limpios en el escurridor. Las botellas vacías habían desaparecido en una bolsa de basura. Pequeños actos de normalidad que parecían monumentales en el contexto de la devastación que había encontrado.
El fuego crepitaba alegremente cuando