La habitación olía a sal marina y a madera antigua.
Una única lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes sobre las paredes mientras Isadora y Dante cruzaban el umbral. La cama era simple, cubierta con sábanas blancas que alguien había dejado pulcramente dobladas, probablemente el dueño de la cabaña antes de prestársela a su viejo amigo universitario.
Dante se detuvo junto a la ventana, contemplando el océano que brillaba bajo la luna como un manto de plata líquida. Su silueta recortada cont