El jet privado olía a cuero rancio y a desinfectante industrial.
Ya no se sentía como un palacio en el cielo. Se sentía como un ataúd presurizado a cuarenta mil pies de altura. Volábamos de regreso a México, pero no era un regreso triunfal. Era una retirada. Una marcha fúnebre sobre el Atlántico.
Sebastián no había dejado de teclear en su portátil desde que despegamos de Zúrich. Sus dedos golpeaban las teclas con violencia, un ritmo estacato y furioso que llenaba el silencio de la cabina. Estab