El silencio en la cabaña no era paz. Era un peso.
Después de que la pantalla del televisor se fuera a negro, dejando la imagen de la sonrisa victoriosa de Luciana grabada en mis retinas como una quemadura de sol, el aire en la habitación se volvió irrespirable. Sebastián se quedó de pie frente a la chimenea apagada, con la espalda rígida, los músculos de sus hombros tensos bajo la camisa de seda arrugada. Parecía una estatua de mármol a punto de agrietarse.
Afuera, la tormenta de nieve había ar