La mansión nos recibió con un silencio de tumba.
El servicio doméstico estaba alineado en el vestíbulo, como siempre. Mismos uniformes impecables. Mismas posturas sumisas. Pero sus ojos... sus ojos eran diferentes. Ya no había respeto reverencial. Había curiosidad. Morbo. Habían visto las noticias. Sabían que los reyes estaban desnudos.
—Preparen té para la señora —ordenó Sebastián sin detenerse, arrastrándome hacia el despacho principal.
Entramos en su santuario. Olor a madera vieja, tabaco y