El olor a lirios inundaba el habitáculo. Dulce. Empalagoso. Mortal.
Sebastián no gritó. Su silencio fue peor. Cerró la puerta trasera con un golpe que sacudió el chasis blindado del SUV, dejando la corona fúnebre encerrada dentro, como si fuera una bestia rabiosa en cuarentena.
—Sube al auto de Marcos —ordenó. No me miró. Sus ojos escaneaban el perímetro, buscando sombras, brillos de lentes telescópicos, cañones de rifles.
—Sebastián, esa nota...
—¡Sube al maldito auto, Valentina!
Su grito me h