—Tú no vas —dijo Sebastián. No fue una sugerencia. Fue una pared de hormigón.
Estábamos en la "sala de guerra", una habitación anexa al dormitorio principal que Sebastián había convertido en centro de operaciones en las últimas tres horas. Pantallas brillaban en las paredes mostrando planos arquitectónicos, rutas de escape y perfiles financieros.
—Soy la única que conoce la distribución de esa casa de campo —repliqué, cruzando los brazos sobre mi pecho—. Estuve allí docenas de veces con Rodrigo