La sala de juntas se quedó en silencio cuando entramos. Nueve pares de ojos nos observaban, calculando, juzgando, esperando el espectáculo que Alejandro sin duda les había prometido. Podía ver a Luciana en la esquina, su teléfono discretamente posicionado para grabar, probablemente transmitiendo en vivo a alguna cuenta anónima que explotaría después con los fragmentos más jugosos.
Sebastián me llevó directamente a la cabecera de la mesa, el asiento tradicionalmente reservado para el CEO. Alejan