Sebastián me esperaba en su despacho, de pie junto a la ventana con esa postura rígida que adoptaba cuando intentaba controlar emociones que amenazaban con desbordarlo.
—¿Qué pasó? —preguntó en cuanto cerré la puerta.
Le conté todo. La confesión de Luciana, los videos comprometedores, el teléfono con acceso al correo de Víctor. Y el topo.
Cuando mencioné al infiltrado, la expresión de Sebastián se oscureció.
—¿Alguien de confianza? ¿Cercano a nosotros?
—Eso dice Luciana. Cincuenta mil dólares m