Las puertas del ascensor se abrieron en el piso ejecutivo y guié a Luciana hacia la sala de juntas privada, la misma donde Sebastián y yo habíamos firmado nuestro contrato matrimonial. Parecía apropiado que ahora sirviera para negociar otra alianza improbable.
—Siéntate —le indiqué, cerrando la puerta detrás de nosotras.
Luciana obedeció, hundiéndose en una de las sillas de cuero como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Sin el maquillaje impecable, sin el traje de diseñador, sin la armadu