La oficina de Alejandro Duarte estaba en el piso 42 del edificio más alto de la ciudad, un monolito de vidrio y acero que proyectaba sombras sobre el resto del horizonte. Llegamos exactamente 59 minutos después de su llamada, ni un segundo antes, ni uno después. Sebastián insistió en que la puntualidad era una declaración de poder, que llegar temprano mostraba desesperación y llegar tarde, falta de respeto. Llegar justo a tiempo era control.
La asistente de Alejandro, una mujer de unos cincuent