La sede de Duarte Holdings a las dos de la mañana era un lugar fantasmal, iluminado solo por las luces de emergencia que proyectaban sombras alargadas sobre el mármol pulido del lobby. Carolina Vega nos esperaba en la sala de conferencias del piso ejecutivo, rodeada de tres laptops abiertas, dos teléfonos celulares y suficiente café como para mantener despierta a una ciudad pequeña.
—Setenta y dos horas no es mucho tiempo —dijo a modo de saludo, sin levantar la vista de la pantalla donde líneas