La fotografía quemaba en mi pantalla como ácido sobre metal.
Tres hombres jóvenes. Tres sonrisas confiadas. Treinta años de secretos enterrados bajo capas de mentiras, traiciones y sangre.
Mi padre. Eduardo Duarte. Marcos Villarreal.
Amigos. Socios. Cómplices en algo que todavía no comprendía.
—Valentina. —La voz de Sebastián me llegaba distante, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Valentina, mírame.
Levanté la vista del teléfono. Seguíamos en el café, pero el mundo había cambiado. Todo