La oferta llegó un lunes por la mañana.
Sofía Ramos estaba en el café de la esquina, el de la Colonia Roma Norte donde hacía las entrevistas que necesitaban un lugar neutral y que servía el mejor café de filtro de la colonia con una consistencia que Sofía había aprendido a apreciar después de años de cafés de filtro que prometían y no cumplían.
Eran las nueve y cuarenta y dos.
El teléfono vibró con un correo.
El remitente era el director de contenido del New York Bureau de un medio internaciona