Lo que Eduardo dejó

Mateo contestó a las diez y veinte de la mañana.

No al primer tono. Al tercero. Era la primera vez que Sebastián llamaba a Mateo directamente, sin que Valentina fuera el puente. El tercer tono era razonable: Mateo no tenía el número de Sebastián guardado y los números desconocidos en mitad de la mañana requerían un segundo de calibración antes de contestar.

—Sebastián.

—Mateo. ¿Tienes un momento?

—Sí. —Pausa breve—. ¿Está todo bien?

—Todo bien. —Sebastián—. Quería hablar contigo sobre el Centro
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