El sábado amaneció diferente.
No en el exterior. La ciudad de abril con su luz particular, el ruido del jardín de la Condesa, el olor del café que Sebastián preparaba antes de que el resto de la casa se despertara.
Todo igual.
Pero la diferencia estaba en lo que no estaba.
Sebastián lo notó mientras esperaba que el café terminara de hacerse.
Durante dos años, el patrimonio de Eduardo había ocupado un lugar en el sistema de pensamiento de Sebastián que no era agresivo ni urgente pero que estaba