Leo Peterson llegó a su ático pasadas las diez de la noche. El eco de sus propios pasos sobre el mármol del recibidor le pareció un insulto al silencio sepulcral que ahora reinaba en la vivienda. Tenía tres días sumergido en una rutina autómata y destructiva: iba desde su refugio privado hasta su despacho en la torre Peterson y viceversa, sin desvíos, sin pausas, sin vida. No le apetecía salir, no le apetecía ver a nadie y, sobre todo, no le apetecía sentir.
Había tenido que aguantar las perora