—Aquí tienes el té.
La voz de Lydia Rich sonó con una suavidad ensayada mientras le entregaba la taza de porcelana a Leo Peterson. Él la aceptó con un asentimiento breve y se sentó en el sofá de caoba, justo al lado de Isabella. El ambiente en la sala era una mezcla de cortesía forzada y electricidad estática. Isabella, sentada con la espalda rígidamente recta, sabía que frente a sus padres debía mantener la farsa lo mejor posible. Ante sus ojos, la boda era un hecho inamovible, su romance con