Leo se quedó impresionado.
—Eres muy inteligente, Isabella. Gracias por no creer que fuera yo.
—Eso no te despoja de tu culpa, Leo Peterson. No te alegres. Tú la dejaste entrar en nuestro círculo.
—No importa. Pero quiero que sepas que ella ya no te molestará más. Ya me encargué de que su nombre no vuelva a cruzarse con el tuyo.
—No necesito que pelees mis batallas —replicó ella con orgullo—. Ni tú ni nadie. He aprendido a defenderme sola.
—No peleé tus batallas por caballerosidad —dijo Leo, da