Leo Peterson no creía en milagros, pero en ese momento, bajo la luz tenue de la villa en Grecia, sintió que estaba presenciando uno. Jamás la vio tan condenadamente hermosa. Isabella vestía un vestido de mangas largas floreado que caía un poco más abajo de los muslos, una prenda sencilla que en ella parecía alta costura. Su piel blanca destacaba con un atractivo casi etéreo bajo las sombras de la sala. Su cabello negro, aún con el rastro de la humedad de la ducha, caía suelto a ambos lados de s