Isabella se recostó en su antigua cama, esa que conservaba el olor a madera vieja y a una infancia que ahora le parecía perteneciente a otra persona. Cerró los ojos con fuerza, pero el alivio no llegaba. La cabeza le latía con una cadencia metálica, un martilleo constante que le impedía pensar con claridad. No podía soportar la imagen de sus padres sufriendo en la sala, pero lo que más le dolía era que ese sufrimiento no era por ella, sino por la caída del pedestal de su yerno "perfecto".
Ella