Leo terminó de ajustarse la camisa verde oliva, sintiendo que el cuello le apretaba más de lo normal. Las palabras de Paula se repetían en su mente como un eco incesante: “La he escuchado llorar”. Aquello no encajaba con la imagen de la estafadora fría y calculadora que él se había esforzado en construir. Con el corazón latiendo con una urgencia nueva, salió de su habitación y cruzó el pasillo hacia la estancia principal.
Allí, enmarcada por los ventanales que mostraban el atardecer de Manhatta