Leo Peterson se quedó petrificado, con el teléfono aún vibrando en su mano tras la llamada de su madre, Carlota. La invitación —o más bien, la orden— para la cena del viernes pesaba en el aire del ático como una sentencia. No supo qué responder de inmediato; dejarle saber a la implacable matriarca de los Peterson que no tenía la menor idea de dónde se encontraba su futura esposa representaba una humillación que no podía permitirse. Ante los ojos de sus padres, Leo Peterson era el arquitecto del