Tres días después de aquel almuerzo que marcó el fin de su inocencia, Isabella se encontraba de pie frente a un espejo de cuerpo entero en el dormitorio principal del departamento de Leo Peterson. El espacio era una oda al minimalismo agresivo: mármol blanco, cristales del suelo al techo y una vista de la ciudad que, en lugar de darle libertad, la hacía sentir como si estuviera en una pecera a miles de metros de altura. Estaba probándose el vestido de novia, una pieza de alta costura que Leo ha