Isabella tomó el sobre con dedos trémulos. El papel se sentía pesado, como si contuviera plomo en lugar de tinta. Mientras lo abría, el bullicio amortiguado del restaurante parecía desvanecerse, dejando solo el sonido de su propio corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. Leo permanecía inmóvil, observándola con una frialdad quirúrgica, esperando el momento exacto en que su mundo se terminaría de desmoronar.
Al desdoblar las hojas, lo primero que vio fue la firma de Ektor Thomásis. No e