Cuando todos salieron de la sala de reuniones, Silvina miró a Liliana y dijo:
—Bien, ahora solo quedamos nosotras dos, ya puedes hablar.
Las lágrimas de Liliana brotaron de inmediato.
Ella ya era hermosa, pero al llorar así, con ese aire de flor bajo la lluvia, resultaba aún más delicada y conmovedora.
Si frente a ella hubiese un hombre, probablemente pocos serían capaces de resistirse a esas lágrimas.
Lástima que delante de ella estuviera Silvina.
Silvina frunció el ceño.
Liliana sin decir una