TREINTA Y OCHO

El reloj marcaba las diez y cuarenta de la noche cuando Catalina se acurrucó en el viejo pero queridísimo sofá de su pequeño departamento. Tenía una manta gris, un tazón con palomitas, jugo frío y un ambiente perfecto: luces bajas, la televisión encendida, una película ligera y el silencio cómodo de estar por fin a solas.

Madrid sonaba al fondo: autos lejanos, risas desde algún balcón cercano, música suave colándose de un departamento vecino. Para Catalina, ese ruido era un abrazo; aquí no se sentía vigilada, juzgada, presionada ni quemada por café hirviendo.

Aquí… era libre.

Se hundió aún más en los cojines.

—Perfecto —dijo para sí misma mientras cambiaba de película—. Noche conmigo misma. Sin Axel, sin Viviana, sin drama. Por fin.

Apenas dio el primer sorbo a su jugo, sintió un pinchazo en el abdomen.

—¿Ah? —parpadeó.

Otro pinchazo… más fuerte.

Catalina soltó una mueca, doblándose un poco hacia adelante.

—No, no, no… tú no —susurró, mirando su propio vientre como si pudiera negociar
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