El reloj marcaba las diez y cuarenta de la noche cuando Catalina se acurrucó en el viejo pero queridísimo sofá de su pequeño departamento. Tenía una manta gris, un tazón con palomitas, jugo frío y un ambiente perfecto: luces bajas, la televisión encendida, una película ligera y el silencio cómodo de estar por fin a solas.
Madrid sonaba al fondo: autos lejanos, risas desde algún balcón cercano, música suave colándose de un departamento vecino. Para Catalina, ese ruido era un abrazo; aquí no se s