Axel cerró la puerta del departamento de Catalina sin mirar atrás, aunque su cuerpo entero ardía por hacerlo. Bajó esta vez por las escaleras del edificio, sin utilizar el ascensor avabzo con pasos tensos, largos, como si cargara un peso invisible que no lograba sacudirse. Cuando llegó a la calle, inhaló profundamente.
Madrid, en esa hora de la noche, brillaba con un esplendor casi provocador. Las luces de los edificios reflejaban tonos dorados y azulados; los coches pasaban como flechas luminosas; la gente reía en las terrazas, celebrando, viviendo, respirando libertad. A Axel esa libertad le sabía amarga. Le oprimía la garganta.
Necesitaba aire.
Necesitaba ruido.
Necesitaba evitar pensar en Catalina diciéndole “dame espacio”.
Así que condujo directo hacia uno de los clubes más exclusivos de la ciudad.
El club estaba lleno. Música vibrante, luces tenues, sillones negros de cuero, varillas doradas que enmarcaban cada rincón. Axel entró y de inmediato varias miradas femeninas se posaro