El amanecer en Madrid llegó con una luz dorada que entraba suavemente por las ventanas del pequeño departamento de Catalina. Las cortinas claras dejaban pasar el sol como una caricia cálida, y el aire fresco de la mañana se filtraba por la rendija que ella había dejado abierta la noche anterior. La ciudad ya estaba despierta: motos pasando, conversaciones lejanas, el sonido de una cafetera en el piso de arriba, y un perro ladrando en algún balcón cercano.
Catalina, por su parte, estaba sentada a la mesa de su pequeña cocina, dando cucharadas a un sencillo desayuno: pan tostado, frutas y un té caliente. La noche anterior había sido larga y emocional, pero al menos ahora, las molestias —esas que habían llegado como golpes sorpresivos a media película— ya habían disminuido. Suspiró aliviada. Nada como una ducha tibia, una cama cómoda y la bendita distancia necesaria para respirar.
—Nada como mi paz —murmuró ella con satisfacción, estirando los brazos como si fuera un gato al sol.
Pero es