El amanecer en Madrid llegó con una luz dorada que entraba suavemente por las ventanas del pequeño departamento de Catalina. Las cortinas claras dejaban pasar el sol como una caricia cálida, y el aire fresco de la mañana se filtraba por la rendija que ella había dejado abierta la noche anterior. La ciudad ya estaba despierta: motos pasando, conversaciones lejanas, el sonido de una cafetera en el piso de arriba, y un perro ladrando en algún balcón cercano.
Catalina, por su parte, estaba sentada