TREINTA Y NUEVE

El amanecer en Madrid llegó con una luz dorada que entraba suavemente por las ventanas del pequeño departamento de Catalina. Las cortinas claras dejaban pasar el sol como una caricia cálida, y el aire fresco de la mañana se filtraba por la rendija que ella había dejado abierta la noche anterior. La ciudad ya estaba despierta: motos pasando, conversaciones lejanas, el sonido de una cafetera en el piso de arriba, y un perro ladrando en algún balcón cercano.

Catalina, por su parte, estaba sentada a la mesa de su pequeña cocina, dando cucharadas a un sencillo desayuno: pan tostado, frutas y un té caliente. La noche anterior había sido larga y emocional, pero al menos ahora, las molestias —esas que habían llegado como golpes sorpresivos a media película— ya habían disminuido. Suspiró aliviada. Nada como una ducha tibia, una cama cómoda y la bendita distancia necesaria para respirar.

—Nada como mi paz —murmuró ella con satisfacción, estirando los brazos como si fuera un gato al sol.

Pero es
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