El reloj marcaba las 16:30 cuando un sonido seco e insistente atravesó el apartamento de Catalina: el timbre de la puerta. Por un instante, su respiración se detuvo. Había dicho que su abogado llegaría, y eso le daba una falsa sensación de control; pero lo que se reflejaba en su mente era mucho más aterrador: Axel Fort estaba afuera, y ella lo sabía. Su cuerpo, aún tembloroso de los acontecimientos recientes, reaccionó con una mezcla de miedo y resistencia.
—No… no voy a abrir —murmuró para sí misma, escondiéndose detrás de la puerta. Sus manos estaban húmedas, temblorosas, y los dedos se cerraban y abrían en un movimiento inconsciente de nerviosismo.
Pero en el instante en que lo pensó, una voz profunda, cargada de autoridad y fría como el acero, resonó al otro lado de la madera:
—Catalina. Abre.
La calma que había intentado mantener se rompió en pedazos. El simple hecho de escuchar su voz, esa voz que no perdona, que no suplica y que se impone, le hizo sentir que todo intento de res