El reloj marcaba las 16:30 cuando un sonido seco e insistente atravesó el apartamento de Catalina: el timbre de la puerta. Por un instante, su respiración se detuvo. Había dicho que su abogado llegaría, y eso le daba una falsa sensación de control; pero lo que se reflejaba en su mente era mucho más aterrador: Axel Fort estaba afuera, y ella lo sabía. Su cuerpo, aún tembloroso de los acontecimientos recientes, reaccionó con una mezcla de miedo y resistencia.
—No… no voy a abrir —murmuró para sí