La mañana en la sede madrileña de Fort Enterprises había empezado con una frialdad habitual. El edificio, con sus amplios ventanales y pasillos silenciosos, era un reflejo del carácter de su director: impecable, organizado, impenetrable. Axel caminaba por el corredor principal, revisando algunos documentos electrónicos en su tablet mientras los empleados se hacían a un lado automáticamente, dejando espacio a su paso como si fuera una ley no escrita.
En su oficina, la más grande de la planta ejecutiva, Axel dejó la tablet sobre el escritorio y se inclinó hacia atrás en su silla. Aunque su rostro seguía siendo el mismo de siempre —serio, afilado, inamovible—, su mente estaba lejos de la tranquilidad. No era por el trabajo; eso lo dominaba sin esfuerzo. Era la sombra de la noche anterior que se colaba en sus pensamientos sin permiso.
Catalina.
Su malestar.
Su fragilidad.
La forma en que lo miró cuando él se acercó, incrédula, vulnerable.
Axel frunció el ceño, intentando expulsar aquella