La mañana en la sede madrileña de Fort Enterprises había empezado con una frialdad habitual. El edificio, con sus amplios ventanales y pasillos silenciosos, era un reflejo del carácter de su director: impecable, organizado, impenetrable. Axel caminaba por el corredor principal, revisando algunos documentos electrónicos en su tablet mientras los empleados se hacían a un lado automáticamente, dejando espacio a su paso como si fuera una ley no escrita.
En su oficina, la más grande de la planta eje