La luz de la mañana bañaba la Mansión Fort con un resplandor cálido, casi engañoso. Desde el balcón del tercer piso, Catalina disfrutaba del silencio que tanto necesitaba. El cielo de Madrid mostraba un azul limpio, y el aire templado acariciaba su rostro cansado. Había dormido mejor que las últimas noches, y aunque su cuerpo todavía estaba adolorido, se sentía lo suficientemente estable como para permitirse un momento de paz.
Tenía un libro entre las manos, pero no estaba leyendo realmente. Su