La luz de la mañana bañaba la Mansión Fort con un resplandor cálido, casi engañoso. Desde el balcón del tercer piso, Catalina disfrutaba del silencio que tanto necesitaba. El cielo de Madrid mostraba un azul limpio, y el aire templado acariciaba su rostro cansado. Había dormido mejor que las últimas noches, y aunque su cuerpo todavía estaba adolorido, se sentía lo suficientemente estable como para permitirse un momento de paz.
Tenía un libro entre las manos, pero no estaba leyendo realmente. Sus ojos seguían las líneas, pero su mente iba por otro camino. La historia se volvía borrosa mientras sus pensamientos acudían una y otra vez a los acontecimientos recientes: la universidad, el director, Axel ayudándola sin dudar… y Viviana.
Especialmente Viviana.
Catalina suspiró por lo bajo mientras pasaba una página que ni siquiera recordaba haber leído. Desde su balcón alcanzaba a ver parte del gran jardín delantero, las fuentes y la zona en donde los empleados iban y venían cumpliendo con su