La luz de la mañana entraba lentamente por las grandes cortinas blancas de la Mansión Fort. Los primeros rayos no traían calidez, solo un tenue resplandor frío que se deslizaba sobre los muebles, recordándole a todo aquel que despertara allí que esa casa no era un hogar… era un territorio, un dominio construido sobre hierro, órdenes y silencio.
Axel ya estaba vestido desde muy temprano. Su traje oscuro combinaba con su expresión insondable. Aquella madrugada había dormido poco—si es que dormir podía llamarse a permanecer sentado con una botella entre las manos y los pensamientos clavándole el pecho. Pero para él, esa era rutina. Lo humano lo dejaba para los débiles.
Al ver a una de las mucamas pasar por el corredor, habló con voz firme pero controlada.
—Bianca desayunará en su habitación —ordenó, sin detenerse a mirar a nadie.
La mujer asintió inmediatamente.
—Y tú —añadió señalando justamente a la misma mucama que anoche lo había ayudado con Catalina—. Quédate pendiente de ella. Aseg