Catalina observó el reloj por tercera vez consecutiva. Las manecillas marcaban las 6:00 en punto, y el pasillo silencioso hacía que el eco de los segundos cayendo uno sobre otro se sintiera aún más pesado. Axel seguía sin aparecer.
Pero no era preocupación —o al menos eso se repetía a sí misma una y otra vez mientras cerraba su maleta—. No estaba interesada en los movimientos de su esposo. No tenía por qué estarlo.
Lo único que importaba era que a esa hora debían estar saliendo a Barcelona. Hab