El amanecer apenas despuntaba sobre los ventanales de la villa cuando Catalina abrió los ojos. Un dolor punzante, seco y constante le atravesó la sien izquierda como si un martillo golpeara desde adentro. Gemía bajito, todavía sin comprender exactamente dónde estaba. La luz dorada que se filtraba por la cortina la cegó un instante, obligándola a entrecerrar los ojos.
Solo después de unos segundos, los recuerdos de la noche anterior regresaron en un torbellino incómodo: el bar… el baile… Axel sacándola a la fuerza… la discusión en el estacionamiento… y finalmente—su rostro demasiado cerca, su boca aplastándose contra la de ella en un beso lleno de rabia y de orgullo herido.
Catalina se incorporó lentamente, sosteniéndose la cabeza con ambas manos. Maldijo por lo bajo. El dolor de cabeza era espantoso. No sabía si era por el alcohol o por la presencia del hombre que dormía o fingía dormir a unos metros de ella.
Porque sí, ahí estaba Axel Fort.
«Imbécil», pensó, recordando con vergüenza