El amanecer apenas despuntaba sobre los ventanales de la villa cuando Catalina abrió los ojos. Un dolor punzante, seco y constante le atravesó la sien izquierda como si un martillo golpeara desde adentro. Gemía bajito, todavía sin comprender exactamente dónde estaba. La luz dorada que se filtraba por la cortina la cegó un instante, obligándola a entrecerrar los ojos.
Solo después de unos segundos, los recuerdos de la noche anterior regresaron en un torbellino incómodo: el bar… el baile… Axel sa