La noche en Francia parecía extenderse sin final, espesa y húmeda como una advertencia. El reloj del vehículo marcaba la 1:17 de la madrugada. El hombre tenía los músculos tensos por el cansancio y la irritación acumulada durante horas interminables de trabajo. Lo único que quería era cerrar los ojos cinco minutos… pero la ausencia de Catalina y las palabras de la Ama de llaves lo descolocan.
—Salió hace unas horas—traga saliva— que iría a un bar como ya se lo dije.
Axel solo necesitó ese segundo para ver negro.
Negro de furia.
Negro de algo que no quería reconocer.
—¿A qué bar? —preguntó con la voz más fría que el invierno en los Alpes.
— Solo hay uno a los 600 metros Señor. Es la más cercana de aquí.
Para Axel fue demasiado fácil encontrarla.
Condujo como un demonio por las calles silenciosas, frenó de golpe frente al local y se abrió paso entre los cuerpos sudorosos que bailaban sin medida. Las luces neón pintaban el lugar en colores eléctricos, pero aun así, entre aquella multitud