Dante y Alonzo observaban en silencio el desastre que el hombre con la máscara de lobo había dejado tras de sí. Los restos del club estaban hechos añicos, muebles destrozados, vidrios rotos y el olor a pólvora aún flotando en el aire. Dante apretaba los puños mientras sus ojos recorrían el lugar, buscando algún rastro que explicara el motivo del ataque. No había tiempo para lamentaciones.
—Reúnan a los heridos y llévenlos a mi mansión —ordenó Dante con voz firme a los pocos hombres que quedaba