El eco de los pasos retumbaba por la escalera central, mientras Dante subía con el arma en alto, el rostro endurecido por la furia. A su lado, Alonzo se movía como una sombra letal, los ojos alertas, el dedo rozando el gatillo. El estruendo de las botas de sus hombres invadía el segundo piso como una tormenta imparable.
—¡Los quiero a todos muertos maldita sea! —ordenó Dante, y la metralla estalló.
Los cristales de una galería lateral estallaron en mil pedazos, los marcos de las puertas saltaro