El silencio de la sala de tortura era tan espeso que parecía un muro. Solo el zumbido de la bombilla oscilante y los jadeos de los dos hombres atados rompían esa quietud que precede a la violencia. Las paredes de piedra estaban manchadas con sombras antiguas, testigos mudos de siglos de sangre y secretos.
Dante caminaba lentamente alrededor del segundo hombre. El tipo tenía la cabeza agachada, el rostro cubierto de moretones, los labios partidos. Alonzo lo observaba desde la entrada, apoyado en