Aurora alzó la copa de cristal, el vino ámbar reflejando la luz cálida que caía sobre el jardín. Sus dedos temblaban levemente, no de miedo, sino de emoción contenida.
Era una de las pocas veces que podía brindar sin miedo, sin mirar sobre el hombro. Rodeada de los suyos, con el pequeño Luca dormido en brazos de Bianca, y con Dante a su lado, la ilusión de paz parecía real.
—Por su compañía—dijo con voz firme—, y por qué siempre estén bien.
Las copas se alzaron en un reflejo unánime. Alonzo, d