Aurora bajó la mirada.
Sus manos temblaban, su mente era un torbellino. Pero sus ojos... sus ojos se fueron endureciendo. Lentamente. Como si algo dentro de ella se rompiera, o más bien, se reacomodara para siempre.
Miró de nuevo a Dante. A sus manos ensangrentadas. A Ulises, colgado como una carcasa, apenas humano. A todo ese infierno que ardía bajo la mansión mientras arriba la luz del sol acariciaba sábanas blancas.
—No voy a meterme —dijo, con voz baja, pero firme.
Dante la observó en silen