Antonio sonreía. No una sonrisa cortés ni una mueca ensayada, sino una sonrisa amplia, abierta, que desnudaba su alma oscura y arrogante. Sentado en el viejo sillón de cuero, con una copa de coñac en la mano y el rostro bañado por la luz tenue que se colaba por la ventana sucia de la habitación, parecía disfrutar de la decadencia como un rey en su trono de ruinas.
—Todo es cuestión de tiempo, Mateo —dijo con voz baja, pero cargada de veneno —. Dante caerá. Su arrogancia lo ciega, su debilidad e