Ulises colgaba como un trapo empapado en sangre, jadeando. Su piel era un mosaico de quemaduras, cortes, marcas imposibles de borrar. El olor a carne chamuscada impregnaba el aire denso del sótano.
Apenas podía mantener los ojos abiertos, pero una parte de él, la más obstinada, seguía despierta. Una chispa miserable de resistencia.
Dante, de pie frente a él, se limpiaba las manos con un trapo mientras lo observaba.
—¿Te lo imaginas? —le dijo en voz baja, con una calma espeluznante. —Ella dorm