Aurora forcejeaba con desesperación, sus muñecas aún enrojecidas por el forcejeo previo, mientras los hombres de Antonio la arrastraban por el suelo polvoriento del sótano.
Sus botas dejaban marcas sobre los escalones húmedos mientras pataleaba, intentando detener el avance inevitable hacia el salón superior.
—¡Suéltenme, malditos! —gritaba con furia, su voz quebrada por la mezcla de terror y rabia.
Uno de los hombres, un tipo de mandíbula cuadrada y sonrisa podrida, soltó una carcajada áspera