Antonio jadeaba. Su cuerpo sangraba por todos lados, su piel se estremecía, y la mezcla de dolor, adrenalina y miedo lo tenía al borde del colapso. Pero aún conservaba un último aliento. Un último veneno que escupir antes de morir.
Aurora lo miraba con esa serenidad terrible, como una tormenta que ya arrasó todo y solo contempla las ruinas. Luego de algunos minutos después de verificar que no era Dante quien estaba afuera, que no era nadie, aparentemente nadie.
—¿Sabes qué, Aurora…? —dijo él